Hoy nuestra Región de Coquimbo despierta golpeada. Han sido horas difíciles, de esas que dejan imágenes que cuesta olvidar: caminos cortados, familias aisladas, quebradas y esteros que volvieron a bajar con fuerza, problemas de conectividad vial y telefónica, interrupciones de energía eléctrica y dificultades con el suministro de agua potable.
Pero lo más doloroso, sin duda, es lamentar la pérdida de vidas humanas en la provincia de Elqui. Detrás de cada fallecido hay una familia, una historia, personas que hoy sienten un vacío imposible de explicar con palabras. A todas ellas, desde radio Alondra, les hacemos llegar nuestras más sinceras condolencias y nuestro abrazo fraterno.
Y es inevitable sentir emociones encontradas. Durante años miramos el cielo esperando la lluvia. La pedimos, la necesitamos y la recibimos como una esperanza frente a una sequía extrema que ha golpeado con dureza nuestros campos, nuestros embalses, la agricultura y la vida de miles de familias.
Sin embargo, esta vez la naturaleza llegó con una fuerza desmedida. Fueron demasiados milímetros en muy pocas horas, acompañados de intensos vientos que pusieron a prueba una infraestructura debilitada y territorios que no estaban preparados para enfrentar semejante cantidad de agua. La lluvia que tanto anhelábamos terminó provocando dolor, destrucción y preocupación.
Luego vendrá el momento de los balances, de establecer responsabilidades, de evaluar los daños y preguntarnos qué se pudo hacer mejor. Pero hoy la prioridad debe ser otra: llegar hasta quienes se encuentran aislados, recuperar los caminos, restablecer los servicios básicos, apoyar a las familias damnificadas y acompañar a quienes están sufriendo.
En medio de esta emergencia también hemos vuelto a ver lo mejor de nuestra gente. El trabajo incansable de Bomberos, Carabineros, el Ejército, los equipos municipales, los funcionarios públicos y de los distintos organismos del Estado; de las empresas privadas que han puesto maquinaria, vehículos y trabajadores a disposición; y de tantos voluntarios que han recorrido sectores rurales y urbanos entregando ayuda.
Pero también queremos reconocer a esos vecinos anónimos que nunca aparecen en las noticias. A quien abrió la puerta de su casa, compartió comida, ofreció una cama, ayudó a sacar el barro, trasladó a una persona enferma o simplemente preguntó a un adulto mayor si necesitaba algo. Esa solidaridad silenciosa es la que sostiene a nuestras comunidades en los momentos más difíciles.
La Provincia del Limarí conoce de sequías, terremotos, incendios, temporales y adversidades. Sabemos lo que significa caer y volver a levantarse. Lo hemos hecho antes y lo volveremos a hacer, porque existe un temple especial en nuestra gente: el temple del campesino, del trabajador, de la dueña de casa, del emprendedor, del voluntario y de quienes aman profundamente esta tierra.
Hoy necesitamos mantenernos unidos, actuar con responsabilidad, informarnos por canales oficiales y no entorpecer el trabajo de los equipos de emergencia. También debemos seguir atentos a nuestros vecinos, especialmente a los adultos mayores, a las familias que viven en sectores apartados y a quienes han perdido parte importante de lo que construyeron con años de esfuerzo.
Nuestra región está herida, pero no está vencida. Ahora comienza la tarea más importante: limpiar, reconstruir, acompañar y volver a empezar.
Ya habrá tiempo para los balances y las explicaciones. Hoy es tiempo de solidaridad, de trabajo y de esperanza.
Porque cuando la adversidad golpea, el pueblo chileno demuestra de qué está hecho. Y aquí, en el Limarí, sabemos que después de la tormenta siempre llega el momento de ponerse de pie, mirar hacia adelante y comenzar nuevamente.

