En Ovalle de antaño, cuando la vida era distinta y los barrios eran una gran familia, no se
necesitaba un estadio para vivir la emoción del fútbol. Bastaba un sitio eriazo, una calle de
tierra o una cancha improvisada entre casas, donde los arcos no eran de fierro ni tenían
mallas, sino que muchas veces eran dos piedras puestas con cuidado, como si fueran los
arcos del estadio Nacional.
Ahí nacían las pichangas de barrio. Esas tardes eternas donde los niños y jóvenes llegaban
corriendo apenas terminaban las tareas, con la ilusión intacta y el corazón lleno de ganas.
No había zapatos de fútbol, ni camisetas originales, ni balones modernos. Muchos jugaban
descalzos o como se decía coloquialmente a pata pelada, no por gusto solamente, sino para
no hacer tira los únicos zapatos buenos que tenían para ir a la escuela o para salir el
domingo.
La pelota, pobre pelota, era casi una sobreviviente. Gastada, parchada, descosida de tanto
golpe contra la tierra, contra las piedras y contra la vida misma. Más de alguna vez el
zapatero del barrio, o algún vecino habiloso, tenía que coserla para que siguiera rodando. Y
cuando volvía a la cancha, parecía que regresaba un viejo amigo, listo para otra tarde de
goles, risas y sueños.
En esas pichangas se forjaron amistades que duraron toda la vida. Ahí se aprendía a ganar
sin agrandarse y a perder sin enojarse demasiado. Ahí se discutía un gol, un penal o una
falta, pero todo terminaba con una risa, una palmada en la espalda y la promesa de volver al
día siguiente. No había árbitro, pero había respeto. No había premios, pero sobraba
felicidad.
Eran otros tiempos. Tiempos en que los niños podían jugar tranquilos hasta que la mamá
los llamaba desde la puerta de la casa. Tiempos en que los vecinos se conocían, se cuidaban
y se saludaban. No se hablaba de portonazos, ni de encerronas, ni de delincuencia como
hoy. Los jóvenes eran sanos, respetuosos con sus mayores, y el barrio era un lugar donde la
infancia podía correr libre, sin miedo.
Quizás no había grandes comodidades, quizás faltaban muchas cosas materiales, pero
sobraba algo que hoy muchos extrañamos: la alegría simple, la amistad verdadera, la
seguridad de la vida de barrio y esa felicidad humilde que nacía detrás de una pelota
gastada.
Por eso, cuando recordamos aquellas pichangas de barrio, no hablamos solamente de
fútbol. Hablamos de una época, de una forma de vivir, de una infancia que quedó marcada
en la tierra, en las rodillas peladas, en los pies descalzos y en el corazón de tantos ovallinos
que alguna vez soñaron con ser cracks, aunque jugaran en una cancha de piedras.

