Por Gerardo Silva Diaz, entenador nacional
En el fútbol actual existe una distorsión peligrosa que las redes sociales han terminado por consolidar: ya no se notan las diferencias estructurales entre las instituciones.
Hoy, gracias a la inteligencia artificial y a un programa de diseño, cualquier club, sea amateur, formativo o incluso profesional, que sobrevive con lo justo puede presentarse en Instagram con la estética del Manchester United o del Real Madrid. Escudos con relieve dorado, presentaciones con humo, videos con música épica. La puesta en escena es impecable. El contenido, vacío.
El problema no es estético, es estructural. Esa sobreproducción digital ha generado una ilusión colectiva donde pareciera que todo el fútbol opera en los mejores niveles. Nada más falso. Detrás de muchos de esos afiches impecables se esconden instituciones sin infraestructura mínima, sin campos de entrenamiento propios, sin cuerpos técnicos completos, sin financiamiento y sin proyecto deportivo. La precariedad no desapareció, solo se maquilló. Y no es patrimonio del fútbol amateur: también ocurre en el profesional.
Hemos entrado en una dinámica de autoengaño. Dirigentes, técnicos e hinchas celebran la apariencia de grandeza mientras se oculta el deterioro real de sus propias instituciones. Se invierte más tiempo en el diseño de la publicación del domingo que en la planificación del entrenamiento del lunes.
La inteligencia artificial puede crear en segundos el afiche más atractivo del campeonato, pero es incapaz de construir un club. No reemplaza una cancha en buen estado, no paga una deuda, no forma a un jugador ni sostiene una institución a largo plazo.
Los grandes clubes del mundo no son modelos por su manejo de redes, sino por su estructura. Mientras en el fútbol, en todos sus niveles, sigamos confundiendo visibilidad con profesionalismo y prefiramos parecer grandes en redes antes que ser sólidos en la cancha, seguiremos condenándonos a ser gigantes digitales y enanos estructurales.

