La fiesta Religiosa del Niño Dios de Sotaquí no comenzaba al llegar al pueblo. Comenzaba
mucho antes, con los preparativos de la casa, en el olor del pan amasado recién salido del
horno, en el pollo cocido que se guardaba como fiambre, en los huevos duros envueltos
con cuidado, en los canastos de mimbre que las madres ordenaban como si prepararan un
viaje sagrado. Comenzaba en la emoción de los niños, en el apuro de los mayores, en la
ropa limpia reservada para la ocasión y en esa mezcla de alegría y respeto que anunciaba
que no se trataba de cualquier paseo: se iba a ver al Niñito Dios de Sotaquí.
Para muchas familias de Ovalle y de distintos rincones del Limarí, ir a la fiesta era un
acontecimiento mayor. Y cuando se iba en tren, el viaje tenía una magia difícil de explicar.
La estación se llenaba de voces, de paquetes, de sombreros, de canastos, de niños
tomados de la mano y de adultos que miraban la hora con ansiedad. El tren no era solo un
medio de transporte. Era parte de la fiesta. Su silbato parecía despertar la memoria de
todos los pueblos, y cuando comenzaba a avanzar, los corazones también partían rumbo a
Sotaquí.
En los carros viajaban familias completas. Algunos iban conversando animadamente,
otros rezaban en silencio. No faltaba quien llevara una guitarra, quien compartiera una
tortilla, quien ofreciera un pedazo de pan amasado o un huevo duro al vecino de asiento.
Los niños miraban por la ventana como si el mundo pasara en una película. Para ellos,
subirse al tren ya era una aventura inolvidable. Para los mayores, era volver a cumplir con
una tradición heredada de padres y abuelos.
Al llegar, Sotaquí recibía a los peregrinos con ese aire especial de los pueblos cuando están
de fiesta. Las calles se llenaban de movimiento, de promesantes, de vendedores, de
músicos, de familias que buscaban un lugar donde instalarse.
Muchos descansaban bajo la sombra de los paltos, agradeciendo ese refugio fresco
después del viaje y del calor. Allí era precisamente donde se abrían los canastos y aparecía
la comida sencilla, generosa, preparada con amor: pollo en fiambre, huevos duros, pan
amasado, queso, frutas, bebidas guardadas con cuidado. No era un almuerzo elegante,
pero tenía el sabor profundo de la familia reunida, de la tradición viva, de la fe
compartida.
A un costado, la fiesta también se expresaba en los puestos de comida. El olor a cazuela
caliente se mezclaba con el humo de los asados. Las ollas grandes parecían alimentar no
solo el cuerpo, sino también el alma de quienes llegaban desde lejos. Había platos
servidos con cariño, mesas improvisadas, vendedores llamando a los visitantes, niños
pidiendo algo dulce y adultos disfrutando ese ambiente popular donde todos parecían
conocidos.
La Fiesta del Niño Dios de Sotaquí de antaño era religión, pero también era encuentro,
memoria, comunidad y sentido de pertenencia.
Y entonces aparecían los bailes religiosos, conocidos también como bailes chinos. Su
presencia llenaba el ambiente de solemnidad y emoción. Con sus trajes, sus sonidos, sus
pasos y su devoción, eran una de las expresiones más profundas de la fiesta. No bailaban
para ser mirados como espectáculo. Bailaban por fe.
Bailaban por promesa. Bailaban por gratitud. Cada movimiento parecía venir de una
historia antigua, de una manda cumplida, de una súplica hecha en silencio, de un milagro
recibido o esperado.
El sonido de los bailes chinos estremecía. Había en ellos algo de tierra, de cielo y de
pueblo. Eran hombres y mujeres entregando su cansancio al Niñito Dios, avanzando entre
la multitud con una fuerza espiritual que conmovía hasta a los menos religiosos. Muchos
los observaban con respeto, otros se persignaban a su paso, y algunos, al verlos,
recordaban a sus propios padres o abuelos que también habían llegado alguna vez a
Sotaquí con los pies cansados y el corazón lleno de esperanza.
Porque para los más creyentes, la fiesta tenía un sentido todavía más hondo. No se iba
solo a pasear ni a comer ni a encontrarse con conocidos. Se iba a cumplir mandas. Algunos
llegaban caminando, otros de rodillas, otros llevando flores, velas o pequeñas ofrendas.
Había quienes venían a agradecer por una enfermedad superada, por un hijo nacido, por
una cosecha salvada, por un favor concedido en medio de la angustia. Cada rostro tenía
una historia. Cada promesante guardaba una conversación íntima con el Niño Dios.
La procesión era el momento en que todo parecía detenerse. El bullicio bajaba, las
miradas se volvían más serias y el pueblo entero se convertía en un camino de fe. Entre
rezos, cantos, bailes y lágrimas contenidas, la imagen del Niño Dios avanzaba acompañada
por una multitud que no solo caminaba, sino también por los recuerdos de su propia vida.
Muchos levantaban a sus niños para que pudieran verlo. Otros juntaban las manos.
Algunos lloraban en silencio. Había una emoción antigua, una devoción sencilla y
poderosa que unía a todos bajo el mismo sol.
En esa procesión iban también los ausentes. Iban los abuelos que alguna vez tomaron el
tren con sus canastos. Iban las madres que preparaban el pan amasado de madrugada.
Iban los padres que buscaban sombra bajo los paltos para que descansara la familia. Iban
los niños de antes, hoy convertidos en adultos, que todavía recuerdan el silbato del tren,
el olor de la cazuela, el sonido de los bailes religiosos y la imagen del Niñito Dios como una
luz pequeña y eterna en medio del pueblo.
Hoy, aunque los tiempos hayan cambiado y ya no todos lleguen como antes, el recuerdo
de aquel tren sigue viajando por la memoria. Sigue llevando familias, canastos, promesas,
canciones y esperanzas. Sigue pasando por los campos del Limarí rumbo a Sotaquí. Sigue
llegando a la sombra de los paltos, al sonido de los bailes chinos, al aroma de los asados y
las cazuelas, al murmullo de la procesión.
Porque hay viajes que no terminan nunca. Y el viaje al Niño Dios de Sotaquí, para muchos
ovallinos y limarinos, sigue siendo uno de los caminos más hermosos de la memoria y de
la fe.

