En el Ovalle de antaño, cuando el invierno se dejaba caer con ese frío seco que se metía por las rendijas de las puertas, por las ventanas antiguas y hasta por debajo de las frazadas, había un pequeño compañero que esperaba silencioso en muchas casas: el guatero.
Era una simple bolsa de goma, muchas veces de color rojo, café o azul oscuro, que se llenaba con agua caliente desde la tetera recién hervida. Había que hacerlo con cuidado, apretarlo un poquito para sacar el aire, cerrarlo bien y envolverlo en una toalla o en una funda tejida por la mamá, la abuela o alguna tía habilidosa. Después venía el momento más esperado: meterlo entre las sábanas antes de acostarse, para que la cama no recibiera a nadie con ese frío que parecía de piedra.
En muchos hogares ovallinos, el guatero era casi un integrante más de la familia. Estaba el guatero de los niños, el de los abuelos, el que ya tenía sus años de uso, el que se guardaba en el clóset durante el verano y volvía a aparecer cuando las noches de junio y julio comenzaban a ponerse largas y heladas. A veces había peleas cariñosas por quién se quedaba con el más calentito, o quién lo ponía primero a los pies de la cama.
Después llegó la modernidad. Aparecieron los escaldasonos, esas frazadas eléctricas que prometían una cama tibia de punta a punta, con temperatura pareja y sin tener que levantarse a calentar agua. Para muchos fue una maravilla; para otros, un aparato al que había que mirar con respeto, porque siempre hubo quienes los encontraron peligrosos o preferían no confiarle el sueño a un cable enchufado.
Pero el guatero, testarudo y noble, se negó a desaparecer. Cambió de ropa, eso sí. Hoy los venden cubiertos con polar, suaves, de colores, con diseños infantiles, con fundas elegantes o peludas. Ya no son siempre esas bolsas de goma desnuda que se escondían bajo una toalla vieja, pero siguen cumpliendo el mismo oficio: entregar calor, compañía y un pequeño consuelo en medio del invierno.
Porque el guatero no solo calentaba la cama. También calentaba los recuerdos. Nos llevaba a esas noches en que la mamá decía “acuéstate luego que ya te puse el guatero”, a las casas donde el vapor de la tetera anunciaba la hora de dormir, a los inviernos en que no había tanta tecnología, pero sí había gestos simples, llenos de cariño.
Y usted, ¿recuerda el guatero de su casa? ¿Recuerda quién lo llenaba, dónde lo guardaban, cuántos había en la familia? Quizás hoy, en alguna noche fría de Ovalle, todavía haya alguien que antes de dormir abrace un guatero tibio, como quien abraza un pedacito de infancia que se resiste a irse.

